Ser madre es una revolución. Ni
siquiera cuando estás embarazada eres consciente de todo lo que se te viene
encima. Y lo digo con el mayor de los cariños y desde una posición casi neófita
en este sentido. Mi experiencia se ‘reduce’ a una pequeña de 14 meses y a la
inminente llegada de su hermano, que lo hará en apenas un mes y medio,
convirtiendo nuestro hogar, a buen seguro, en un caos de pañales, llantos y
noches en vela. ¿Cómo estamos entonces? Pues aterrados, claro.
Eso no está reñido con la
felicidad que rodea todo esto y que, sin duda sientes. Pero la paternidad es un
proceso complicado en el que se mezclan muchos sentimientos. Tus hijos te dan
la mayor alegría del mundo y no concibes la vida sin ellos, aunque a menudo
fantasees con aquella rutina en la que únicamente tenías que preocuparte de tu
otra mitad y de ti misma, de qué ponían en la televisión aquella noche, de a
qué espectáculo irías el fin de semana o qué restaurante visitarías. Es ahora
cuando eres consciente de que entonces, verdaderamente entonces, tenías el
mundo a tus pies y un montón de posibilidades por explorar y disfrutar. Y no lo
hacías… Ahora, en cambio, hay días en los que serías capaz de dar tu mano
izquierda por un par de horas de silencio. La derecha si además van regadas con
un buen vino. Mmmm!
A medida que pasa el tiempo te
vas dando cuenta de que no puedes con todo. Porque es imposible. Y entonces
llega el momento mágico en el que te descubres redimensionando las cosas que
ocupan tu mundo y que antes eran tan importantes para ti. Reconsideras tu vida…
y eliges. Algunas optan por alcanzar la imagen de super mamás, abogar por una
organización casi militar y defender la capacidad femenina para trabajar fuera del
hogar, organizar la casa, tener atendidos a los niños, cumplir con la familia y
disfrutar con los amigos. Yo, no soy de esas. Y no porque no lo haga, qué
conste. Pero relajada, que es como a mí me gusta hacer las cosas (antes no era
así. Este ha sido ‘otro’ de los descubrimientos de la maternidad).
Trabajo de lunes a viernes y me
siento constantemente culpable de no estar con el bebé (como debe ser). Eso, al
menos, me permite, entre otras cosas, pagar a una chica que viene un día a la
semana cinco horas a limpiar y adecentar la casa (sin duda, la mejor inversión
que he hecho en mi vida). Tengo atendida a mi hija en sus necesidades básicas y,
cuando puedo, aderezo, cual ensalada, su existencia con muchos juegos y
cariñitos. Cumplo con la familia (más bien cumplen ellos conmigo cuidando de la
pequeña, aunque por decisión propia, lo cual, debo admitir, les honra) y
disfruto de los amigos, sobre todo si estos tienen hijos que puedan jugar y
cansar a la mía. Y creo que esto es y será gran parte de mi vida, al menos,
durante los próximos diez años. No me quejo, de momento.
Por ahora, bastante tengo con
mover mi cuerpote de 84 kilos y 32 semanas de embarazo siguiendo el ritmo de
J.C., que no es que tenga ritmo, es que no tiene descanso, ya duerma, no
duerma, coma, no coma, eche a andar o se quede en la silla berreando y dando
muestras de que, por fin, puede hablar y oír su propia voz. Bendito
descubrimiento. E imagino que debo parecer, más que una madre abnegada, una mamá hipopótamo a punto de engullir (también) al bebé que tiene delante y que se
tambalea como loco, huyendo del ‘monstruo’ que le persigue.
Más allá de eso, lo demás, para
mí, es pura entelequia.
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