martes, 16 de diciembre de 2014

Cuestión de maternidad

Ser madre es una revolución. Ni siquiera cuando estás embarazada eres consciente de todo lo que se te viene encima. Y lo digo con el mayor de los cariños y desde una posición casi neófita en este sentido. Mi experiencia se ‘reduce’ a una pequeña de 14 meses y a la inminente llegada de su hermano, que lo hará en apenas un mes y medio, convirtiendo nuestro hogar, a buen seguro, en un caos de pañales, llantos y noches en vela. ¿Cómo estamos entonces? Pues aterrados, claro.

Eso no está reñido con la felicidad que rodea todo esto y que, sin duda sientes. Pero la paternidad es un proceso complicado en el que se mezclan muchos sentimientos. Tus hijos te dan la mayor alegría del mundo y no concibes la vida sin ellos, aunque a menudo fantasees con aquella rutina en la que únicamente tenías que preocuparte de tu otra mitad y de ti misma, de qué ponían en la televisión aquella noche, de a qué espectáculo irías el fin de semana o qué restaurante visitarías. Es ahora cuando eres consciente de que entonces, verdaderamente entonces, tenías el mundo a tus pies y un montón de posibilidades por explorar y disfrutar. Y no lo hacías… Ahora, en cambio, hay días en los que serías capaz de dar tu mano izquierda por un par de horas de silencio. La derecha si además van regadas con un buen vino. Mmmm!

A medida que pasa el tiempo te vas dando cuenta de que no puedes con todo. Porque es imposible. Y entonces llega el momento mágico en el que te descubres redimensionando las cosas que ocupan tu mundo y que antes eran tan importantes para ti. Reconsideras tu vida… y eliges. Algunas optan por alcanzar la imagen de super mamás, abogar por una organización casi militar y defender la capacidad femenina para trabajar fuera del hogar, organizar la casa, tener atendidos a los niños, cumplir con la familia y disfrutar con los amigos. Yo, no soy de esas. Y no porque no lo haga, qué conste. Pero relajada, que es como a mí me gusta hacer las cosas (antes no era así. Este ha sido ‘otro’ de los descubrimientos de la maternidad).

Trabajo de lunes a viernes y me siento constantemente culpable de no estar con el bebé (como debe ser). Eso, al menos, me permite, entre otras cosas, pagar a una chica que viene un día a la semana cinco horas a limpiar y adecentar la casa (sin duda, la mejor inversión que he hecho en mi vida). Tengo atendida a mi hija en sus necesidades básicas y, cuando puedo, aderezo, cual ensalada, su existencia con muchos juegos y cariñitos. Cumplo con la familia (más bien cumplen ellos conmigo cuidando de la pequeña, aunque por decisión propia, lo cual, debo admitir, les honra) y disfruto de los amigos, sobre todo si estos tienen hijos que puedan jugar y cansar a la mía. Y creo que esto es y será gran parte de mi vida, al menos, durante los próximos diez años. No me quejo, de momento.

Por ahora, bastante tengo con mover mi cuerpote de 84 kilos y 32 semanas de embarazo siguiendo el ritmo de J.C., que no es que tenga ritmo, es que no tiene descanso, ya duerma, no duerma, coma, no coma, eche a andar o se quede en la silla berreando y dando muestras de que, por fin, puede hablar y oír su propia voz. Bendito descubrimiento. E imagino que debo parecer, más que una madre abnegada, una mamá hipopótamo a punto de engullir (también) al bebé que tiene delante y que se tambalea como loco, huyendo del ‘monstruo’ que le persigue.


Más allá de eso, lo demás, para mí, es pura entelequia.

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